Varios sobre este eterno presente

sábado, 13 de diciembre de 2014

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LA FLOR

El niño soltó la mano de su abuelo y corrió presuroso hacia uno de los floridos canteros que, con hermosos colores y ricos perfumes, gratificaban a quién se detuviera, aunque más no sea un solo segundo, a disfrutar sus flores.
¡Abuelo, abuelo! Tomé esta flor para mamá  -dijo el niño entusiasmado-, su abuelo le sonreía con tristeza pensando que si bien todas esas flores pronto morirían, aquella arrancada por el niño, no solo lo haría antes, sino que habría pasado esterilmente por la vida.
Cavilando el abuelo volvía ya del parque sujetando firmemente la pequeña manito de su nieto.
-Los hombres tenemos una desmedida inclinación a poseer cual cosa bella excite nuestros sentidos. Una obra de arte, un vehículo, una piedra preciosa, una casa, un perfume y…una flor, a la que condenamos por ser atractiva.

                                                               Filemón Solo
                                   

miércoles, 19 de noviembre de 2014

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“LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER”

El título de esta novela me ha estado pegando fuerte durante gran parte de mi vida, curiosamente nunca la hube leído, y recién ahora (porque cada cosa ocurre cuando debe) me anoticio de que su autor,  Milan Kundera, la publicó en 1984. 
Desde esos mis cuarenta años, en que me identifiqué con “el titulo” de un libro que jamás pasó por mis manos. Es que esa sencilla frase, siento, pone de manifiesto nuestro estado de debilidad ante una vida donde todos sus acontecimientos aparentan ser aleatorios, donde cada mañana que comienza es una aventura, y aventurado es levantarse de la cama (confortable, y similar a un temporario vientre materno), para nacer a un día plagado de incertidumbres.
La antigua sabiduría (como solía decir un querido amigo y excelente escritor) nos enseña que cada cosa es por algo. Que nadie se debe lamentar por los dolores propios ni por los de los otros seres vivos. Una causa genera un efecto, ley incontrovertible y exacta. El asunto es que vivimos en un mundo tan ralentizado respecto a aquel que le dio origen, que olvidamos las causas tan lejanas que hoy producen los consiguientes efectos.
Quiero suponer que algo como esto pretendió decir Nietzsche aseverando que:

"El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni enmendarla en sus vidas posteriores".

Pero, pero uno no puede, aún, sustraerse a los acontecimientos del entorno, y ahí va mi ejemplo: Hoy mismo, y como consecuencia del repliegue que algunos debemos realizar al perder posiciones, y posesiones, a causa exclusiva de haber llegado a cierta edad sin haber cumplido con el paradigma de la riqueza, o, cuanto menos la holgura, debí deshacerme (entre otras) de alguna cantidad de prendas en desuso. Un solo aviso, publicado en un medio netamente regional de este querido y castigado pueblo sureño, dio como resultado un torrente de mensajes solicitando para sí la “bolsa de ropa”, algunos realmente desesperados, y tal pude colegir, enviados por mujeres en un reclamo para su pareja.
No dudo que el hombre sabio, nos llamaría a no alterar nuestras emociones por acontecimientos que solo son consecuencias.
Ciertamente esto lo afirmaría un hombre sabio. Pero, visto que yo no lo soy, hoy sentí dolor por la necesidad de mis semejantes.

                                                          Filemón Solo
                                   



sábado, 1 de noviembre de 2014

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Sobre nuestra alimentación (física)

Podríamos decir que con más o menos este aspecto que hoy lucimos, llevamos unos 35 millones de años, aunque nuestros antecesores más remotos lo hicieran desde, más o menos, unos 70 millones de años.
Todos, bueno, casi todos, hemos recibido lecciones, o tomado el sistema al observar a nuestros mayores, sobre cómo alimentarnos. Y es solo a la forma de hacerlo a lo que me refiero.
Los occidentales hacemos uso de utensilios a los que, en castizo, llamamos “cubiertos” muchos pueblos africanos y de Asia menor, con menos remilgos y más gérmenes, utilizan su mano derecha. Siempre en el mismo continente, los chinos se valen de palillos; y así según las costumbres procedemos a llevarnos la comida desde su contenedor hacia la boca. Y en esto no hay alternativa.
Desvariando, según una vieja, arraigada costumbre, se me ocurre que si bien, salvando las ya mentadas diferencias, todos los humanos, de una u otra manera, nos alimentamos con el único objeto de generar la energía necesaria para subsistir. Nada novedoso, por cierto, pero el punto en cuestión que aquí se plantea no es el cómo, sino el qué.
Si nos remontáramos esforzadamente a los comienzos de la raza, veríamos que la ingesta se adecuaba a aquello que le viniera a la mano al encargado de la provisión de turno.
No deseo aburrir, ni hacerlo yo mismo, narrando aquellos de los cazadores, los recolectores, los agricultores, y demás de la ya muy trillada historia. Deseo ir al hoy, al presente, esa apariencia de tiempo lineal en el que realmente suponemos vivir.
Durante el término de cualquiera de nuestras vidas nos informan sobre lo bueno de esto en comparación con lo malo de aquello, ojo que seguimos hablando de comidas. A vuelta de página la cosa cambia, y aquello que no correspondía, hoy es la panacea, en tanto el alimento que nos fortificaba sanamente, y sin colesterol, bueno, que ese ya no es recomendable.
Si uno se toma el tiempo necesario para recabar datos fidedignos por la Internet, vera asombrado lo cierto de esta contradicción. “Y esto durante el término de solo un día”.
Es realmente asombroso que luego de 35 millones de años, los humanos no sabemos, aún, que es lo mejor que debemos comer.

                                                                                        Filemón Solo



martes, 21 de octubre de 2014

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Lo incomprensible

Me excuso si estuviera reiterando el tema, pero vale pena insistir.

Hasta donde sabemos, y con certeza  -lo único con absoluta certeza-, es que cuanto ser vivo a  poblado este mundo, a causa de una espada, de un volcán malhumorado, de un accidente, naufragio, o por cualquier causa, se ha ido. Nos decimos que murió. El padre, madre, tío, primo, amigo, o conyugue, murió. Gautama el Buda también murió, pero nosotros no.
¡No, nosotros no! Somos idiotas, o secretamente inmortales.
Bien se dice que la naturaleza es sabia. Sabia, y provista de una picardía sorprendente. Para evitar que nos sintamos como el pobre, desamparado, vacuno, que nota recién en los finales de su provocada existencia, que va a morir; y lo hará asesinado y con mucho sufrimiento, nos ha provisto, a más de la estupidez, de la química salvadora. Con ella en nuestro cerebro nos provee de oportunas endorfinas causantes de algo que podríamos llamar: el entusiasmo. En distintos porcentajes, donde influye también la genética del individuo, el entusiasmo nos permite salir de un sepelio aventando cualquier pensamiento mal sano sobre el futuro que nos ha de tocar, y cosas como levantarnos en la mañana sin saber si veremos a nuestros hijos esa noche.
En lo personal me niego a aceptar la temerosa ignorancia que nos mantiene “distraídos”, en tanto desaparecen las vidas a nuestro alrededor. Quizás carezca de la química necesaria, tal vez sea un innato depresivo, o inadaptado al medio. No lo sé.
Ante similar inquietud, millones de congéneres han sido engañados durante siglos por los “intermediarios”. Poseedores estos, de cualidades únicas que les permiten establecer un contacto directo con lo Supremo; y hasta recomendarnos para este presente, o aquel futuro del qué no tenemos ni sospechas. Claro que primero habría que ganarse su buena voluntad con diezmos, servicios, y, por supuesto, la total aceptación de que solo su método es el indicado.
Tenemos una pregunta que se repite en canciones, charlas de café, y en esas reflexiones que vienen a nuestra mente luego de hacer el amor en una siesta de sábado: ¿Qué harías si te quedara un solo día de vida? ¡Tamaña tontería! El tipo ya sabe que no le queda ni ese solo día de vida. ¡Cuando muera será en presente!, no en ayer o en mañana, ¡Ahora mismo!
Bueno que en ese momento, y según…la física, se verá cual será su próximo destino. Sí, se verá adonde pitos le toca recalar.
Visto que somos energía, no podemos desaparecer. Pero eso qué creemos que somos, nuestra consciencia de “sí mismo”, tal y como está, eso sí que no tiene destino. Nuestra personalidad, nuestro ego; confeccionados trabajosamente durante este período de consciencia individual, ¡ay eso sí que no perdura!
Vista la terrible educación que nos han dado, casi tal y como fue recibida por nuestros dadores, pocos saben que solo estamos compuestos del material de los sueños, que hemos venido a este mundo (el más humilde de ellos) por deseo de Alguien, a quien difícilmente podríamos imaginar (la imaginación no crea nada, es la ilusión dentro de la ilusión, y se alimenta solo de elementos conocidos), como virtual parte del Todo en busca de experiencias. Lo lamento, pero solo eso somos.
                                                                                                                    
                                                         Filemón Solo


viernes, 8 de agosto de 2014

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Los amigos
Mitos y más mitos sobre este tema, la irrealidad en que vivimos está sobradamente poblada de ellos. Pareciera que ante la cobardía de cavar en lo profundo, fabulamos sobre un presente apenas tocado por algunas leyendas culturales de un dudoso pasado de superficie.
El amigo entrañable, el tipo que te saca de apuros, y digo apuros, ese con quién compartís todo, y siempre te guarda en prioridad ante la “mina” de turno, se pierde en los relatos inválidos y floridos de narradores imaginativos, rescatistas lineales de la ilusión.
El arquetipo no existe.
El amigo, sin comillas, responde a una relación intermedia en la cual vos (y no tú) volcás (y no vuelcas) un porcentaje cualquiera de los acontecimientos de tu vida, y él hace otro tanto. Hasta ahí nomás.
Es posible que en tus comienzos, gloriosa época de la inocencia juvenil, hayas supuesto que tus amigos responderían en un todo a una confraternidad libre de competencias y saturada de fidelidad. Sí, es posible que más tarde, entre discusiones donde el filo de un comentario inoportuno sangró tu fe, donde hayas visto miradas de codicia dirigidas hacia la chiquita que tenías en trámite de levante, o alguna indiscreción impensada, te hayas, entonces, retraído como palpados cuernos de caracol. Hasta es posible, que hayan sido varios más los desengaños que te costara el darte cuenta de los ambiguos límites de la amistad.
Claro que compartirás momentos gratos, picardías que serán harto repetidas, y festejadas algunas décadas después, la secreta complicidad de un préstamo que te ayude en alguna eventualidad, pero lo profundo de tu interior, tus íntimas dudas, las grandes preguntas de tu existencia, no, eso nunca.

Lo lamento, amigo mío, la verdad es que estás solo. Pero lo peor no es eso, lo peor es que así seguirás.

                                                                Filemón Solo