Varios sobre este eterno presente

viernes, 30 de marzo de 2012

ESTADOS


Estados

¡Sorprendente que insistamos en lograr una “línea de conducta”!
Sorprendente, pues nada en nuestro pasado, tanto personal, cuanto  histórico, nos la traza con su ejemplo. Y, sabido es, que somos  “consecuencia dinámica” de aquello que hemos aprendido.

No existen líneas rectas en la naturaleza, ni escaleras que lleven directamente al cielo, ni al infierno. Bueno, esto en el caso de que al suponer cierta su existencia, hubiéramos decidido montar esos escalones.

Estamos destinados -aún lo estamos- a permanecer en nuestras sinuosidades. Nos arrepentimos de nuestros errores, cargamos la vida con el peso de su recuerdo… ¡Y ahí vamos nuevamente!, ¡ y por más!

Deberíamos asumir plenamente esa inconstancia que nos caracteriza como raza (la quinta raza raíz, según creo recordar), y resignarnos felizmente a levantar desde el suelo de cada caída la experiencia que indudablemente allí se encuentra.

En lo personal, detesto los golpes en las rodillas y, por duro de entendederas, porto sin ningún orgullo, cantidad importante de cicatrices. ¡Qué no solo en las rodillas!

 Filemón Solo

Como ejemplo, aquí el cerro, ése, al final de mi calle, nos muestra la imagen de sus distintos humores.


El sol besa la cumbre y se desliza hacia otros paisajes



Tormenta sobre el cerro. En tanto pequeñas nubes se niegan a intervenir, flotando
en el faldeo

jueves, 29 de marzo de 2012

MI PERFÍL

Ampliación


                                                       LA BATALLA

Situado en el campo de batalla,
espada corta, carente de armadura,
que me proteja de sandez y de locura,
lidiando con el justo y el canalla

Aquí estoy en un mundo que no es mío,
y que decide su propia destrucción,
rogando se me envíe comprensión,
y cubierto el sentir por el hastío

Despertando en medio de la lucha,
veo rostro de hermano en el rival
Ya no es guerra, y sí cadalso medieval,
y yo el verdugo tocado de capucha

No se puede combatir con compasión,
y sin odio que lance la estocada
Pues esta será corta, o será errada
si a la mano la dirige el corazón

Si fuera un guerrero del amor,
se me hubiera provisto y equipado
con armamentos tan solo reservados
a combatientes dignos de ese honor

No hay emblema que luzca mi estandarte
en el fragor de la larga escaramuza
La voz de mando suena muy confusa
con gargantas gritando en todas partes

Algo hace que arremeta con porfía
Algo hace que baje yo la espada
Clarín llamando, ataque o retirada
Avanzo y retrocedo en cada día

El hecho de vivir me ha alistado,
en las filas de uno u otro bando
No logro comprender que esta pasando
Derrota y victoria, se han mezclado

Hay quienes me presumen caballero,
capaz de liberarlos de su encierro
Y serán el cortejo de mi entierro,
de quijote sin caballo ni escudero

Más otros recelan mi apariencia
                                             Rojo en sangre inspiro ese temor
                                             Solo de mis venas dimana tal color
que sangran en la cruz de mi existencia

Si de la torre logro a la princesa,
en aparentes tiempos de victoria,
ajeno es el reclamo de la gloria,
para sumarla al botín de su pobreza

Si la tregua permite un parlamento,
hablará la experiencia del guerrero
Quien sabe que en el día venidero,
será nuevamente en el encuentro

El combate pareciera ser eterno,
y librarse en los campos de este mundo
La causa vive allí, en lo profundo,  
donde cielo se confunde con averno

Vuelto ya a la tienda y agotado,
con deseo de una noche compartida
No hay amor que restañe mis heridas
¡Que triste es la vida del soldado!


 Filemón Solo
                        

martes, 27 de marzo de 2012

LA VISITA


No fue ese el peor día que hubiera tenido. Bien pudo haber pasado algo especial, pero nada que yo recuerde que justificara su aparición en esos momentos. Bueno, lo cierto es que allí estaba, parado frente a la reja de la entrada y en espera de mi presencia.
Nunca tocó ni se hizo notar de forma alguna, pero yo sabía que allí estaba. Sonreía ligeramente y algo en él me recordó a mi padre. Tal vez por los detalles de su impecable vestimenta, más cercana en su aspecto a la moda de los setenta que a ese presente de quince años después. Me quedé observándolo y aguardando escucharlo, que dijera algo. Pero, ¿qué podía decir?
Si bien yo, no muy claramente, ambos conocíamos el motivo que lo traía a mi casa en ese sábado por la tarde. Como respondiendo a un reflejo automático, le franqueé la entrada e ingresó lentamente al jardín del frente. Se detuvo unos instantes a admirar las rosas, con gran habilidad acomodó las espinosas ramas sin sufrir daño alguno, según un orden que, para ese entonces, yo ignoraba. Al terminar observó cada pormenor del entorno, sonrío nuevamente y pasó, sin aguardar sugerencia de mi parte, al interior de la vivienda. Allí, sentado sobre una silla del comedor de diario, volvió a su actividad de contemplarlo todo. Guardando absoluto silencio, me acomodé frente a él y esperé.
-¿Qué haces ahí sentado papá?- Me sobresaltó la voz de uno de mis hijos que salía hacia la calle. -¿Te encuentras bien?- volvió a preguntar. Lo tranquilicé sobre mi estado, y siguió su camino sin creer totalmente en lo escuchado mientras murmuraba – ¡Es muy raro verte a vos sentado, solo, y sin hacer nada!-.
Yo había propiciado este encuentro, es más, lo había invocado, y ahora estaba confuso ante una respuesta que, en el fondo de mi mente, no creía posible. Recuerdo haber objetado lo real de la situación con la indiscutible argumentación de que con solo un poco de inseguridad de mi parte el visitante jamás se presentaría, pero lo cierto es que allí lo tenía. Lo que nunca se me hubiera ocurrido suponer es que la contestación llegaría en la figura de un anciano parecido a mi padre.
Lo miré fijamente durante unos minutos tratando de comprender que esperaba que yo hiciera. Él, sumamente tranquilo, se mantenía callado y sonriente. Con esa actitud en nada me ayudaba, así nunca lograría saber sobre el próximo paso a seguir, ese que se suponía debía dar para entablar una comunicación. Después de todo, si se había molestado en venir a verme, era para que departiéramos sobre el motivo de mi llamada. 
Cuando iba a cometer la torpeza de hacerle una pregunta de circunstancias, me llegó claramente la idea de que todos los cuestionamientos ya estaban planteados, que mi silente interlocutor me entregaría las respuestas cuando lo creyera oportuno. Sin más me levanté para continuar con las interrumpidas labores de jardinería de los días sábado. Según lo presumí, él me siguió hasta el fondo de la casa donde, a medio podar, se encontraba la vieja higuera.
-Este árbol ha cumplido ya sesenta y siete años- digo, -durante ellos debió soportar muchas agresiones como esta y se encuentra muy dolido por lo que estás haciendo. ¿Es que no ves las huellas de anteriores mutilaciones? Déjalo ser según su forma-.
Su voz me sonaba muy conocida y la sorpresa me paralizó. Sin tomarme el tiempo para reflexionar pretendí argumentar a favor de la necesidad de la poda. Pero no volvería a cometer ese error, él tenía la verdad y sabía de la futilidad de mi réplica.
-Sus frutos, esos que son el motivo por el que fue aquí plantada, una vez caídos ensucian el lugar y nadie disfruta de ellos- dijo mirándome a los ojos -. La planta se ve hoy atrofiada por cumplir fielmente con la entrega que responde a su esencia- No había reproche ni enojo en su tono, sino cierta intimidad de quien reitera lo obvio a alguien de su afecto. –Ya deberías saber que los frutales no son todos iguales, y que solo algunos de ellos necesitan ser podados-, agregando reflexivamente -talcomo el impropio crecimiento de ciertos hombres-. Se acomodó luego en una de las sillas del jardín y volvió al silencio.
Mientras seccionaba las ramas cortadas para su destino de quema dentro del asador, recordé el disgusto que me producían las intimaciones de mi esposa para que podara esa higuera que “apestaba con sus frutos caídos”. Yo amaba a ese árbol y nunca había aceptado de buen grado ese trabajo de cirujano de la vida, pero cada año cumplía con el mandato.
Terminado el trabajo, espontáneamente, me senté sobre el césped junto a la silla de mi visitante. Esta actitud de discípulo ubicado a los pies de su maestro, quizá fuera la reiteración de alguna vieja práctica perdida en el olvido, pero me trajo una respuesta sobre la cual cavilar; tal vez algo con que mitigar esa crónica congoja que deambulaba por mi alma.
-Es solo nostalgia- respondió con naturalidad el visitante a la pregunta que nunca le fue hecha, al mismo momento en que mi mujer se acercara para despedirse, ya que partía de visita a casa de su madre. Tras un rápido beso me pidió que, “luego del descanso que me estaba tomando”, reemprendiera la tarea con la higuera, para que el próximo verano “esa cosa” nos dejara disfrutar del jardín.
Sin comentarios sobre la interrupción, el visitante continuó. –Nostalgia de otros tiempos y lugares- dijo, -A eso se debe tu tristeza. Siempre la has tenido, y de ti depende el superarla- y tocándome la cabeza, como se hace con un niño, acotó –Hay quienes se han percatado de su papel de extranjeros en este mundo de lo pequeño, aunque no comprendan los detalles-.
El golpe me dio de lleno, siempre me había sentido representando un puntual papel que no se correspondía con la improvisación que la vida me sugería. Confuso y necesitado de mayor información lo miré en busca de auxilio. Haciendo un gesto con los dedos me complació.
–Mira hijo, todo es cuestión de porcentajes. Claro que podrás tener un amor. Un pequeño amor. Así una pequeña ternura, algunos pequeños poderes, y pequeñas capacidades. Ocurre que tú que, como otros muchos, recuerdas el sabor de mayores porciones, padeces de añoranzas. Aún, y pese a no saber donde y cuando te fueron servidas, sientes su falta; es ahí donde te has quedado, olvidando ver tu presente-.
Juntando valor, tomé la decisión y rompí las reglas. -¿Podrías tú ayudarme evitándome este permanente desánimo?-. La respuesta no se hizo esperar, vino rápida, pero suave y llena de amor –Este es momento de entrega, no cortes tus ramas solo porque hoy no des valor a sus frutos. Te daré un consejo: coséchalos antes de que caigan al suelo, y ten por seguro que habrá quien guste de ellos-.

-Pero, ¿como es eso?, me dices que partió sin agregar nada más. ¿Solo para eso vino? ¿Y la puerta?, ¡tú no le abriste la puerta para que se marchara!-.

Con el tiempo he comprendido que a la generalidad de las personas no les interesa escuchar historias ajenas sino, por el contrario, poder descargar el peso, o mérito, de las propias. Ese entendimiento me ha hecho algo introspectivo y poco propenso a hablar de mí mismo. “Mudo”, solía decir mi mujer, cuando aún lo era. Pero esta niña demostraba tanto interés por el pasado de su abuelo, que me sentí obligado a levantar el encierro y permitir que volara hacia ella algún que otro recuerdo.

-No mi amor, no fue necesario que abriera puerta alguna, y en cuanto a lo que dijo…, bueno, eso fue todo lo que yo necesitaba saber en ese momento-.
-¿Y las ropas abuelo?, ¿Porqué se habría vestido de “antiguo”, sería para parecerse a tu papá?-.
-Eres muy inteligente hijita. La apariencia no solo puede abrir puertas, también corazones-.
-¿Alguna vez supiste quien era?-.
-Sí, lo supe, pero muchos años después-.
El creciente interés de la criatura la torna inquieta y ansiosa. -¿Quién, quien te lo dijo?-
-Nadie me lo dijo. No hace mucho comprendí que para ese tiempo del que estamos hablando, estaba yo necesitado de un buen consejo. De no haberlo tenido, el futuro hubiera sido muy distinto, y no solo para mí.
-Pero abuelo, tu tuviste quien te aconsejara.
-Si cariño, y también fue un gran gusto volver a ver esa vieja higuera tal y como era antes de que tu abuela la hiciera talar luego de mi partida.

                                    Filemón Solo


sábado, 17 de marzo de 2012

EL CIELO

Niño uno - Señorita, ¿a qué distancia se encuentra el cielo?-
Docente  -Bueno en realidad no existe el cielo. Eso que vemos es efecto de la luz solar sobre....
-Niño, interrumpiendo –El sacerdote dice que sí hay un cielo-
-Docente – Sí, claro pero ese es otro cielo y tiene que ver con la religión-
-Niño - ¿Hay un cielo para la escuela y otro para la iglesia?-

Más niños se suman al cuestionamiento

-Señorita, señorita ¿es cierto qué hay un cielo para los perros?-
-¿Y para los gatos Seño? Ellos no pueden estar juntos-
-Los ángeles se parecen a mi primito, que es un bebé- Dice otro
-¿Todos los ángeles son niños?- Pregunta una niñita
-¡Pobres los chinos! No hay ángeles con sus ojitos-. Se compadece otra
- Bueno, tampoco hay angelitos mujeres- Afirma alguien
-¿Cómo qué no hay cielo, si allí está mi abuelita? –Insiste el primero
-Docente – Yo quise decir que eso que vemos en lo alto no es cielo-
-Niño dos –Entonces ¿dónde está?-
-Docente – El cielo no es un lugar, es algo que ustedes no pueden entender aún-
Dentro del bochinche reinante se escucha una pequeña garganta emitiendo una lapidaria conclusión:   -¡Entonces nosotros no podemos ir al cielo porque no lo entendemos!-
-Docente –¡Claro que sí! Ustedes serían los primeros. Pero eso deben preguntárselo al cura-
-Niñita uno – Yo no conozco a ningún cura ¿No podré ir al cielo entonces?-
-Niño tres–Mi tío es cura, y me dijo que nadie nunca estuvo antes allí. ¿Cómo nos pueden enseñar si no lo conocen?- (El tamaño del cerebro de un pequeño no estrecha sus razonamientos)
-Niña dos –El cielo es solo para los mayores, aunque ellos tampoco pueden entenderlo. ¡Pero todos los ángeles son niños!-
-Docente, levantando la voz - ¡Basta chicos, estos temas no son para la escuela! -

Por una ventana abierta al “cielo”, alguien grita desde la calle - ¡A LOS LIBROS, NIÑOS,  RECURRAN A LOS LIBROS, APRENDAN RÁPIDO A LEER. TODO LO QUE DESEEN SABER EN ELLOS LO HAN DE ENCONTRAR. “ESTOS TEMAS (LOS FUNDAMENTALES) NO SON PARA LA ESCUELA” -

Glosario:

Docente: Paciente ser que tiene a bien tolerar a nuestros niños a cambio de un magro salario, volcando sobre ellos lo indicado por un escueto, paupérrimo, e interesado libreto oficial.
Maestra/o: Bueno, Maestro es otra cosa. Sería (no suele ser fácil encontrarlos) aquel que, en función de su conocimiento, puede contestar cualquier pregunta no curricular (Léase: “consulta esencial”)
Escuela (del griego schola, lugar donde se impartía conocimiento): Actual sitio de patético aspecto, donde se agrupa a los alumnos en función de sus edades. Suponiendo, a priori, que los años los igualan es sus facultades, y demás factores que hacen a cada individualidad. Allí se les administra un método sistémico de pálida instrucción meramente objetiva.

Filemón Solo
         


                                                                

martes, 13 de marzo de 2012

EN ALGO NOS PARECEMOS

 Nos reunimos para charlar sobre la posibilidad de realizar una transacción comercial. Ya sobre la mesa de las negociaciones, lo primero que se evidencia, desde un embozo muy matizado, es la suspicacia. Podríamos decir que es una concesión que hacemos a la ética, se trata de negocios y cada parte desea llevarse la mejor parte de la otra parte. Aunque esta perezca.

Nos sentamos a la mesa del café, todos somos amigos o, por lo menos, conocidos desde hace mucho tiempo. La conversación deambula por territorios comunes, mudando luego a confines totalmente imprevistos. Cada tertulio intenta dejar muestras de su capacidad, inteligencia, valor o probidad. Se sobredimensionan las supuestas luces ocultando los sectores en penumbras.
Esto, desde luego, todos los sabemos holgadamente. Muy pocos son los que consultan a sus congéneres sobre sus faltas, caídas, pecados y demás humanidades. Y lo conocemos a la perfección por ser una pieza de nuestra propia constitución.
Hay evidencia, la experiencia aporta el factor infaltable: desconfianza. No en inmensas cantidades, solo la necesaria disfagia ante cualquier sapo que el diserto de turno aumente desde su real tamaño de simple renacuajo.

Cuando usted sale de la reunión dominical en casa de su suegra, justo al arrancar el coche su señora le dice: Gordo, ¿vos le creíste al Cacho sobre ese asunto de la representación? Mirá que la Tota, en la cocina, a mí me dijo otra cosa, ese tipo se agranda como sombra al atardecer.
Es posible que usted ponga carita y no responda, pero no me negará que ya lo había pensado. No solo eso, al escuchar la sanata "del Cacho", se mandó una de Tarzán, por las dudas nomás, y de retruque.


El viernes por la noche, más relajado que en otros días, durante los cortes comerciales del la programa televisivo de sobremesa el tipo dialoga con la familia.
 ¿Decime Clara que pasó con esos pesos que teníamos guardados? ¿No se los habrás prestado a tu hermana sin consultarme nada?
¿A ver María Eugenia, a que hora volviste el sábado pasado? Mañana te voy a esperar despierto hasta que llegues, y mejor que....
Javi, ¿Qué pasó con el recuperatorio de ciencias naturales? Eso fue el miércoles, y todavía no me dijiste nada, etc., etc.

Bueno, ¿va quedando clara la cosa?

Terrible conclusión que nadie puede dejar de compartir: “No podemos, queremos, sabemos,  debemos, y otros “emos”, confiar plenamente en nadie, porque nosotros mismos no somos dignos de un crédito absoluto”. ¡Créame lo que le digo!

Filemón Solo

                                                                  

jueves, 8 de marzo de 2012

EL RESPLANDOR DE UN ALA



¡Gracias Héctor por la hermosa colaboración!
Ocurrió una vez…
Bajaba del subte, como todas las mañanas,
viajando mal, apretado, con calor humano,
con esa turbulencia de encierro que genera el subte,
en ese ir y venir de gente que es imposible
saber que piensa, y si piensa…
Salí en la estación Castro Barros de la línea A,
pensando sólo en qué operación inmobiliaria, (mi trabajo),
estaría esperándome. Una forma de generarme algo de inquietud
para un día martes, ¡con lo que significa martes!
Subí las escaleras, y al salir vi a tres chicos,
dos varones y una nena,  sentados en el umbral de un negocio,
comiendo  pan, que, generosamente…? una panadería importante,
seguro, por pedido del niño más grande, que no llegaría a los 10 años
 les había dado.
Estoy acostumbrado a ver esto, en un país que
no logra salir de su mediocridad a pesar de los años, pero no sé
porqué circunstancia, quizá porque tengo dos nietos, que pensé
en la edad de esos chicos, tendrían 10, 8 y 5 años, y me dio una
rara sensación que no se llama lástima - porque para mí esa
es una palabra sin fondo-,  sino la emoción de hacer algo. Me acerqué
fijándome que no hubiera algún mayor que aprovechara
la ocasión para apilarse, y les pregunté si querían tomar
 un vaso de leche fría, ya que el calor comenzaba a sentirse.
Asintieron rápidamente, y el mas chiquito me agregó “y una galletita”
Fue un golpe, los llevé a un quiosco de esos que tienen unas máquinas
que con varios tipos de café, tomé un vaso grande para cada uno,
los llené de leche, y les agregué un alfajor  triple a cada uno.
Eran muy educaditos, los más grandes me agradecieron, y el mas chiquito,
extendió su mano, y me dio un muñequito que tenía como alas,
tipo angelito de torta, pero con una de ellas rota. – “para vos”, me dijo –
y sin más, se fueron muy conformes.
Quedé satisfecho, miré el muñeco, y lo puse en el bolsillo del saco.

Tuvimos un día movido en la oficina, llamados, consultas,
visitas al edificio a estrenar, y, faltando poco para irnos, me indica
la recepcionista, que una señora joven preguntaba por mí.
Me acerqué a la puerta y la vi, estaba en una silla de ruedas. Corrí los
sillones  de mi escritorio para darle lugar, y me dijo – “¡No!, que ella
se pasaba a los mismos porque eran más cómodos”-. Me propuse ayudarla,
pero en un instante estaba sentada frente a mí. Me sorprendió, solo
me percaté, disimuladamente, que no tenía pies. La escuché con la mayor atención,
y  ante mi clásica pregunta: ¿en qué puedo ayudarla?, me respondió: que en nada,
solo venía a agradecerme en nombre otra persona, además agregó -“quiero
dejarle este pequeño presente”-, en tanto me entregaba
una cajita de terciopelo blanco, cosa que nunca había visto.
Intenté abrirla, y ante mi asombro, me pidió que no lo haga
sino hasta que ella se hubiese retirado. Así pasó rápidamente del sillón
a la silla de ruedas. Me levanté, y le expresé que mi intención
era ayudarle pues  había notado su falta de pies... Me miró, se sonrió,
enfiló para la puerta, y en voz baja y suave, me dijo
-“No se necesitan pies para volar….-”. La saludé, giré hacia mi escritorio,
mientras la recepcionista sostenía la puerta. Abrí la cajita que
tenía en la mano, y para mi sorpresa tenía un ala rota, ¡solo un ala rota….!
Busqué el muñequito del chico de la leche, y, raramente: ¡coincidía perfectamente!
Corrí, salí a la calle para verla, pero ya no estaba. Pregunté
al  verdulero de al lado, al “trapito” de la cuadra, que siempre
esta  frente a nuestra oficina, al encargado de enfrente, y nada...
Nadie supo decirme nada.
Solo vieron, coincidentemente, un resplandor, como un relámpago,
¡Pero el cielo estaba despejado…!
                                                                     Héctor Julián
 

miércoles, 7 de marzo de 2012

¿ME MUERO?, ¿SOY INMORTAL?

 Hay oportunidades en las que uno, sin abandonar la suave comodidad de las creencias con las que se arropa, se permite la, +o-, imparcial consideración de otras alternativas conceptuales.
Es que la incógnita, esa inmensa incertidumbre que subyace debajo de la distraída y estúpida, cuasi seguridad, que exhibimos en lo superficial y cotidiano, la que nos obliga –depende de nuestro permiso, o su intensidad- a buscar respuestas. Cosas firmes a las asirse ante el primer ventarrón que nos haga tambalear. Bueno, el primero, el segundo, las tormentas, temporales, y ´”ecxt.´s”.
Así, es que algunos de nosotros –aunque sospecho que, en el fondo, todos lo hacen- vamos aferrándonos a las lábiles enseñanzas arrojadas por las fábulas que vivimos; y es muy comprensible que así sea. Resulta que arribamos a personales conclusiones, quizá con ciertos rasgos de generalidad, pero, al fin y al cabo, muy personales.
¿Cómo es que un tipo que se está pasando esta vida habiendo obtenido el axioma de la inmortalidad como patrón de medida, pueda siquiera considerar otra opción? ¡Vaya, que lo inmortal es absoluto!; más aún: ¡absolutamente absoluto!
¡Cuidado viejo con las afirmaciones categóricas!
Yo, tú, él, nosotros, y demás, todos somos inmortales. Esto es indudable, especialmente en estos tiempos donde la ciencia vuelve con renovada fuerza a co-crear una nueva ¿religión? Poco a mucho estamos aprendiendo sobre cuántica y porqué aquello de que la materia es energía “congelada” según un molde. Ojo, que solo a nuestra vista.
La energía cambia, vibra, es lo que a todo compone, y muchos atributos más. Pero ES INDESTRUCTIBLE. Claro que todos nosotros somos eso: ENERGÍA; eternos, indestructibles (sí, eso dije) y, en muchos casos “condensada” en algo tan hermoso como una bella mujer, o un bebe.
Pero, ¿Y eso de la muerte? ¿Qué pasa con la muerte?, quizá, si tengo la fortuna de contar con suficientes lectores, daré más adelante una descripción más o menos detallada de lo que ocurre más allá de este fenómeno. PERO NO EN ESTE MOMENTO, ahora estamos en otra cosa: ¿MORTAL O INMORTAL? (No voy a caer en la estupidez de decir: “¡Esta es la pregunta!”)
AL TEMA: ¡AMBAS POSIBILIDADES SON CIERTAS!, Y NO SOLO ESO, UNA ES PARTE DE LA OTRA.
Veamos. Vinimos al mundo por algo (por ahora no ampliemos), fuimos creando una conciencia de nuestra propia existencia y generando un paradigma de comportamiento al que llamamos PERSONALIDAD. Cualesquiera sean sus atributos, la personalidad resulta de gran utilidad para sobrevivir en este medio. ¿Se ha escuchado sobre algún humano que adolezca de la falta (absoluta) de personalidad?, NO, NO ES POSIBLE. Claro que existen patologías, pero que está, está.
¡MOMENTO, momento! ¿Quién fue creando esa personalidad? ¿Qué hay detrás de ella? Uno, esa es la respuesta. Uno Mismo, El Observador, La Conciencia detrás de la conciencia, y muchas otras denominaciones que refieren a Quién Uno Es.
La personalidad “se desarma” cuando el Uno cambia de ámbito. Recordemos que ella es una muy útil herramienta para que el tipo “vivo”, viva. Ja…
El Uno retira su alma de este mundo. Por una única causa, y bajo cualquier circunstancia, eso siempre sucede, y siempre así será.
¿Entonces todo aquello que, en el momento de “morir”, yo sé, lo que supongo que soy?, ¿Qué pasa con eso? ¡TE AGUANTA UN POCO, por si vuelves, Y CAMBIA DE ESTADO! Y ese “te aguanta un poco” es lo que relatan los que volvieron de la muerte. Ellos pueden narrar sus primeras experiencias porque conservan ciertos rasgos de la personalidad que parcialmente los estuvo asistiendo en esa experiencia. Pero ¡CUIDADO!, nadie que haya vuelto lo ha hecho sin sufrir un cambio. Ahora tiene la misma, pero mejorada personalidad. El resto de ella ya se perdió (en realidad está mutando como lo suele hacer la energía).
Vamos a poner esto en línea: El tipo abandona este hermoso mundo, ya transcurrió su tiempo, la personalidad, digamos, se queda.
El tipo vuelve –casi siempre-, porque es inmortal y continúa su camino evolutivo, PERO NO ES EL MISMO, visto desde acá abajito, no es el mismo. Ni mismo cuerpo, ni gustos, ni tendencias. Poco, o nada, de similitud con lo que antes fue. Generalmente no recuerda quién hubo sido, y si lo hiciera, se vería como otro, y no ya como él mismo.
SÍ, SÍ, y sí, queda pendiente explicar donde está todo aquello que se aprendió en esta escuelita, el porqué no se recuerda, por qué se ha de volver, la incidencia del “tipo“de personalidad en este proceso, las variantes sobre el tema, y mucho más. Bueno, veremos si esto interesa.
AHORA TU OPINIÓN: ¿MORIMOS O SOMOS INMORTALES?
Con cariño, Filemón Solo

PENSAMIENTOS

Alguien dijo que la felicidad es egoísta. ¿Será que ese infeliz era generoso?

Aquel que afirma conocerse, podrá ser sincero, pero no en esto

Tanto el mayor de los defectos como la más grande virtud, es tenerlos

Lo primero para ser mejor, es no ser igual

martes, 6 de marzo de 2012

CARTA A UN AMIGO

Querido amigo: Hoy te escribo desde un distinto lugar; zona situada justo detrás de toda esa parafernalia que me ha regido hasta el presente. Debo precisar que, aunque mucho me costara llegar a este punto, no se trata más que de un mero desplazamiento hacia un área de mejor observación.
Desde este pequeño corrimiento creo verme en el mismo sitio en que me encontraba al comienzo de la presente etapa que entendemos es nuestra vida. Quizá haya incorporado algún equipamiento, ocasionalmente aquí o allá; nuevos “ítem” provistos por cada experiencia capaz de dejar su huella. Bueno, pareciera que estos se han sumado, como agregados o enmiendas, a las ya atávicas reglas que me limitan.
Presumo que a estas instancias de la lectura, estarás dudando justificadamente acerca de mi buena salud mental. Bien pudiera ser que cierta enajenación, que desde siempre me ha acompañado, esté haciéndose ahora más evidente trascendiendo finalmente el disimulo tras el cual la mantuviera oculta. No sé si es a causa de ella, pero veo a mis semejantes girando una y otra vez en la periferia de su totalidad, y sin ningún interés en detenerse en el intento de penetrarla en procura del necesario conocimiento de sí mismos. Resulta que, harto ya de mi “semejanza” en similar actitud, me he planteado seriamente la cuestión, decidiendo en consecuencia abandonar la ficticia seguridad de estas playas azotadas por imprevistos huracanes y, no sin cierta cautela, lanzarme mar adentro.
Como todo explorador consciente, me he sentado a apuntar los materiales con los que contaba para tamaña aventura. ¡Ay! amigo mío, que triste resultado arrojara ese inventario, de nada sirven los antiguos elementos en mi haber. La pala, esa con la que  trabajosamente he cavado durante décadas en procura del agua que calmara mi sed, mal podría oficiar de cometa que me eleve a encontrarla allí, en las nubes. Comprendí que todo lo que hubo perdido utilidad solo oficiaría de lastre. Debería, en principio, deshacerme de las herramientas impropias, procurando obtener luego lo adecuado para el viaje hacia esos nuevos territorios.
Ciertamente que jamás sospeché lo qué esto habría de significar. La agotadora reiteración de las inciertas patrañas que nos inculcaran con ajustados grilletes subconscientes, forjaron pautas en momentos en que la inocencia escucha y confía. Confía, desconociendo el mejor camino para ascender desde la ignorancia. Escucha, a quienes, repitiendo las mismas falacias que les fueran enseñadas, no reconocen el daño que ocasiona su cantinela.
Sí, viejo camarada, hoy solo me reconozco en las respuestas automáticas con que esa terrible programación responde ante los estímulos del mundo. Me veo reincidiendo una y otra vez en cada gastado error, con las mismas angustias que viviera en aquella terrible y abusiva época de escolar. Las mismas restricciones, desde la juventud temidas para esta etapa de mi vida, hoy se presentan puntualmente ante la invocación de que fueran objeto. Cierto que todo debidamente actualizado y a tono con cada nueva situación, pero la genética es, indiscutiblemente, la misma.
Según lo expusiera en los comienzos de la presente, y luego de mucho esforzarme, logré situarme en el puesto de observador poseedor de una cierta imparcialidad. Desde ese pequeño montículo, que no creo sea más que eso, noto como transcurre la existencia de alguien “que no es”. Un tipo que se desliza entre las líneas de un pentagrama conteniendo una partitura creada por anteriores manos; alguien que emite la nota que responde a la cuerda pulsada por cada evento; siempre, siempre. ¡Horrible!, hermano, solo un personaje hastiado de repasar su libreto.
Hete ahí que según los especialistas este surtido de “automaticidades” se denomina personalidad. De esto se desprende que todo halago a “una fuerte personalidad”, es la ponderación a las grandes cadenas que su infeliz poseedor arrastra visiblemente por la vida. El pobre tipo es admirado por la dureza de su armadura, que no por lo qué en realidad esta viste. Por otro lado el término “personalidad” sugiere la existencia de “alguien” que la exhibe, la oculta, la luce, la sufre, o lo que sea que con esto logre hacer, pero siempre ignorando que “eso” no es él, sino un elemento dinámico y, que siendo su constructor (dejemos de lado el detalle de los materiales empleados), absorto en su creación, con ella se confunde.    
A estos años vengo a caer en cuenta del inmenso valor de la libertad, esa que nunca me permití tener. Pero, y aquí sentirás la voz de mi mentada locura, te diré que estoy contento, finalmente he notado que aquello que me golpeaba eran los barrotes de la reja. Ahora, y por primera vez en esta vida, estoy en procura de algo valedero: el conocimiento que, Dios me ayude, abrirá sus puertas.

Con gran cariño, Filemón